Cepillo de dientes

cepilloAlcúdia.
Llega el momento de cepillarse los dientes. No es la primera vez que lo hace en aquel cuarto de baño. De hecho, lleva más de dos años con esta historia. Se siente rara. Incómoda, no. Rara. Se cepilla los dientes de arriba a abajo, mirando fijamente una taza de los Beatles donde hay dos cepillos. Uno rojo. El otro azul. Ella lleva un cepillo plegable, de esos de viaje. Es de color verde. Es tan prudente, que hasta utiliza su propia pasta. En su casa la educaron para que nunca le pidiera pasta a nadie. Sigue mirando los dos cepillos en la taza de los Beatles. Y así, tres minutos de vez en cuando, cada vez que la otra está de viaje. Ironías de la vida, la otra es ahora ella. Casi siempre la misma rutina, cepillarse los dientes antes de acostarse y después de un rato de sexo de mala calidad. Quédate, dice él por pereza. Ella querría más pero él, en cuanto se corre, se da media vuelta y se echa a dormir. Muchas veces, mientras observa los dos cepillos en la taza de los Beatles, piensa en marcharse. Nunca lo hace pero aún no sabe que algún día lo hará. Para siempre. Ahora, de momento, le sangran las encías. Ese cepillo es demasiado duro.

Salamanca.
Él le compró uno de los mejores cepillos que había en la farmacia. Porque lo compró en la farmacia. Ella se merece un cepillo de dientes de farmacia. Esto es como los condones, pensó. Cómpralos en la farmacia, nunca en el super. A diferencia de los condones, no le dio vergüenza comprar un cepillo de dientes, así que bajó a por él a la farmacia que hay junto al portal de su casa. Descartó comprar un cabezal recambiable que encajara con su modelo de cepillo eléctrico; le parecía ir demasido rápido. Dudó entre un cepillo de nylon o uno de cerdas naturales. Se dejó aconsejar. Acabó optando por uno de multipenachos con filamentos de nylon blandos, con un diámetro de 0’20mm y puntas bien terminadas. En rosa. A ella le gustaba el rosa. Aquella noche, no solo le dio el cepillo de dientes. Le extendió una copia de las llaves de su casa. Ella sintió lástima por él. Las aceptó. Nunca las usará. El cepillo, tampoco. Esa misma noche le dirá que se está viendo con otro.

Luarca.
Sentada en el retrete, piensa que le gustaría que él fuera algo más detallista pero se entristece al reconocer que a su edad no va a cambiar. ¿Pero qué pretende? Después de quince años de transacción comercial, lo que menos espera es un detalle de ese tipo. Ternura, la hay. Incluso afecto y estima. Se ha quedado a dormir varias noches más allá del precio habitual. Pero es mejor que se vaya olvidando de una toalla y un cepillo de dientes. Eso nunca pasará. Por no tener, no tiene ni lado en la cama. Mientras se seca la vagina, se mira al espejo y sonríe. Le da un beso en la calva antes de salir de su casa. Ya en la suya, lo primero que hace antes de ducharse es lavarse los dientes. Se ve distinta en su propio espejo.

bradbury09

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amb i grega, dièresi i acabat en zeta

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