Cojones

A Celso, se le hincharon los cojones. Y no estoy hablando en sentido figurado. Se le hincharon los cojones de manera literal. Y se le hincharon mucho. Así, sin más. Un buen día por la mañana, al despertar, descubrió que sus testículos habían experimentado un crecimiento insólito. No le dolían, tan solo se sorprendió al ver el tamaño de sus gónadas, diferente al habitual, más grandes, como inflamados. No le dio importancia. Se miró al espejo y pensó que hasta le quedaban bien. No eran los clásicos huevos colganderos de viejos y pellejos, eran unos cojones gordos, grandes, redondos, lustrosos. Bien puestos.

Cada martes por la noche quedaba con sus amigotes para jugar al fútbol. El típico equipo que no da pie con bola y donde todos llevan rodillera estabilizadora para evitar lesiones de ligamentos. Podría decirse que aquel día, cuando se quitó los calzoncillos, lo hizo como lo hace el artista que quita la capa y descubre al mundo su obra de arte, con cierto orgullo: ¡voilà! Pero los cojones se le habían hinchado más, bastante más, por lo que, en comparación con su pene, la estampa resultaba más bien ridícula. Se metió en las duchas preocupado por el tamaño de sus testículos. Empezaba a ver que aquello no era normal y que había perdido todo el valor estético que poseía aquella misma mañana. Era tan desproporcionado, que empezaba a resultar incómodo al andar y al sentarse. Aquella noche durmió de espaldas a su mujer. Nada nuevo. Rogó y suplicó para que su esposa no empezara con los arrumacos que a él tanto le excitaban. Esa noche no tenía los huevos para hostias. El día siguiente, la situación fue a peor. No podía cerrar las piernas. Su mujer lloraba, pensaba en cáncer. “¿Cuánto tiempo te lo has estado callando? ¿Cuánto?” Su hija, apenas podía mirar “Joder, papá, ¡qué asco! Me da cosa, ¡tápate!”. En cambio, su hijo pequeño disfrutaba con los atributos de su progenitor: “¡Uala! ¡Pero qué cojonazos tiene mi padre!”. Pasaron a ser como dos pelotas de balonmano e ir por la calle había supuesto una incomodidad evidente. Caminaba espatarrado ante la mirada de curiosos e indiscretos, aunque lo peor eran las risas de los compañeros de trabajo. Empezó a tener que lidiar con los comentarios de su entorno laboral, comentarios jocosos hechos a base de aparente comicidad y aprovechándose de la riqueza del lenguaje castellano. Principalmente versaban sobre su masculinidad y bravura. Prefijos, sufijos, cachondeo y lluvia de ingenio por doquier, hicieron que a Celso se le hincharan las pelotas un poco más.

Fue a ver al médico como se suele ir en todos estos casos: tarde. El facultativo le comentó que, muy probablemente, serían nervios. Y así salió nuestro querido protagonista de la consulta, cabizbajo y pensativo. Celso es un tipo sereno que no se alarma con facilidad. Tiene temple y sosiego, es un tipo flemático que desprende mansedumbre. Quizá, acostumbrado a tragar con todo, a capear con todos, a no darle importancia a las cosas, a esquivar los conflictos, a eludir responsabilidades, siempre pensando más en cómo se tomarán los demás las cosas más que en cómo le sientan a él. Celso ha tragado mucho y a Celso se le hincharon los cojones. “Igual, un me cago en Dios a tiempo me hubiera servido de mucho”, se lamenta.

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amb i grega, dièresi i acabat en zeta

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