Sonrisa

Vivieron una infancia feliz, se criaron juntos, como si fueran hermanos, y llegó el momento de casarse sin que ella tuviera opinión ni elección al respecto. Esa misma noche de bodas, en pleno desconsuelo de la soledad, mientras el marido dormía y ella se dolía, se dijo que si a eso le llamaban amor, mejor se conformaba con simple afecto.

Dejaron la aldea para irse a vivir a la ciudad. En el pueblo no hay opciones, además, la incipiente carrera policial del marido requería de un lugar decente donde poder hacer méritos.

Sin pasión, sin interés, sin cariño pero con aprecio por la niñez compartida, ella tenía que estar siempre dispuesta y servicial. ¿Cómo puedo…? le preguntó. Es fácil, le interrumpió, tan sólo déjame hacer a mí y calla.

Tras el verano, decidió ponerse a trabajar en la panadería de la esquina pese a las reticencias por parte de él. Ella no le dio opción pero él se dispuso a darle más guerra. La cena está fría. No hay leche en la nevera. El baño está sucio. ¡Mira cómo me haces ir al trabajo, parezco un pordiosero! Y en la alcoba, el pan de cada día. Sin ternura ni cariño, sin admiración ni entusiasmo, sin pasión ni fervor pero con desprecio y desconsideración a cada embestida.

Trata de entenderlo, es tu marido. ¡Tienes que entenderlo! Es tu deber como esposa entender a tu hombre, saber llevarlo. Estas fueron las palabras que su madre le dijo por teléfono cuando intentó buscar consejo en ella. Le dejó caer, como quien no quiere la cosa, la posibilidad de marcharse de casa. La madre tras un silencio ensordecedor zanjó la conversación con un escueto hija mía, es lo que te ha tocado, hay que aguantar. Jamás volvería a hablar con ella del tema.

El embarazo fue recibido con regocijo por parte de él, más porque la obligaba a dejar de trabajar que por la inminente llegada del retoño. Pero esa alegría se tornó en frustración al venir una hembra en lugar del varón que él deseaba. Ni para darme un hijo sirves. El maltrato se hizo extensivo a la niña. Los llantos de la criatura le impedían ver el fútbol o descansar por la noche. En carnaval, el padre se puso a reir de lo mal que le quedaba el disfraz. Con lo gorda que está, la podrías haber disfrazado de foca. La pequeña, ajena a toda la negatividad que se respiraba en casa, reía a carcajadas, divertida con los colores de su vestido.

Y a partir de aquel día decidió que ya no más, porque si una cosa ella siempre tiene clara es que hay que priorizar la sonrisa a las lágrimas.db_logo solo_03

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Acerca de cY

amb i grega, dièresi i acabat en zeta

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