Tanatorio

Soy de los que lo pasa mal en el tanatorio. Hay a quien le da aprensión, miedo y los hay que se marean de la misma forma que en un hospital por simple hipocondría. En mi caso, nada de esto sucede. A mí me entran sudores, tengo opresión en el pecho, temblor en las piernas, un nudo en el estómago y náuseas. Y es que cuando voy camino del tanatorio siempre tengo la impresión de que a quien voy a ver ha muerto por mi culpa.

Una vez en el vestíbulo principal, intento relajarme pero es imposible. Normalmente ahí te cruzas con algún conocido con el que intercambias un saludo o abrazo, dependiendo del grado de parentesco y confianza.

Pero el peor momento es al entrar en la sala de velatorio, cuando una muchedumbre no te permite divisar aún a los familiares directos, postrados en una butaca, abatidos y con la mirada perdida. En cuanto establezco contacto visual con uno de ellos, se desata mi tormento interior e injustificado. Puedo notar en sus ojos como censuran mi presencia: “¡Ahora vienes, hijo de puta! ¡Ahora!”. Me empiezan a sudar las manos, se me seca la boca y aumenta mi sensación de vértigo. Siempre pienso que alguien me va a recriminar algo. “Que sepas que, en cierto modo, todo esto es culpa tuya. ¡Todo!”.

Recuerdo la muerte de Colmenar, amigo de la infancia y al que estaba muy unido. El día de su funeral sentí que su mujer me reprochaba no haber estado con él estos últimos años, lo cual es completamente falso. Quedábamos para desayunar cada sábado y el día anterior al infarto que acabó con su vida, estuvieron cenando y departiendo amigablemente en mi casa hasta bien entrada la noche.

Lo curioso del asunto es que cuanto menos me toca el fallecido, más nervioso me pongo. Percibo que la gente me mira de manera extraña y que comentan a mis espaldas, “Mira, mira: ¡Es ese! ¡Ese es el asesino!”. Y es que alguna vez he llegado a creer que he matado al muerto, que sufro pérdidas de conocimiento transitorias donde me enajeno, pierdo el juicio y acabo envenenando a personas de mi entorno. Es entonces cuando me embarga cierta percepción de amenaza, de peligro y me entran ganas de huir corriendo. Hay ocasiones en las que, cuando logro salir sin que me descubran, estoy tentado de escribir mi confesión en el libro de firmas.

Todo este asunto mi mujer lo encontraba cómico. Me decía que estaba neurótico, paranoico o como solía llamarme de manera algo más cariñosa, “mi loquito”. Con los años dejó de hacerle gracia y me sugirió que debería ir a un psicólogo. El psicólogo decidió derivarme a un psiquiatra. Puede que hayamos hecho algún avance.

Esta tarde he vuelto a ir a un tanatorio. Ni rastro de opresión en el pecho, temblor en las piernas, nudo en el estómago, náuseas, hiperhidrosis en las manos o sequedad bucal. Se acabó el sentimiento de culpabilidad y la sensación de haber traspasado las normas éticas y legales. No sé hasta que punto el psiquiatra tiene algo que ver en todo esto. Igual el hecho de que sea yo el que hoy está en la caja es lo que le da sentido.

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amb i grega, dièresi i acabat en zeta

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